Periódicamente, La Paz se convierte en una pasarela folclórica, en una ciudad peatonal y, a veces, en un campo de batalla. 

Su topografía no admite equilibrios, subes o bajas. Su historia política tampoco admite equilibrios, unos suben y otros bajan.                                          

En el horizonte paceño, el conflicto siempre parece estar al acecho.  No habíamos terminado de cerrar un accidentado ciclo político con Luis Arce, para reabrir otro con Rodrigo Paz Pereira, heredero de una larga tradición política, quien - una vez superada la sorpresa por la cantidad de votos obtenida – subió a la palestra lleno de esperanzas e ilusiones, junto a un Vicepresidente que también tenía sus secretas ilusiones. Eso lo comprobaríamos más tarde, una vez pasadas las emotivas odas ceremoniales.

Sin que Paz termine de sentarse en la silla Presidencial, y más rápido de lo que canta un gallo, el Vicepresidente Edman Lara, comenzó a mutar su piel. El antes sonriente y risueño Tiktoker, devino en un distante observador y crítico de las acciones de su propio Presidente, hasta convertirse en la voz más agria de la oposición.

Si dentro del gobierno pasaba esto, afuera también la realidad comenzaba a mutar su piel.

Metafóricamente hablando, lo que echó más gasolina al fuego, fue su falta.

Las largas y languidecientes filas de automóviles, que esperaban sedientos de gasolina por horas en la niebla de la madrugada, junto con el nuevo gobierno, vieron entusiasmados cómo llegaban cisternas para aplacar su sed. Hasta que días después los motores comenzaron a detener su marcha.

Justo como le pasaría al Gobierno a partir de ahora, pero sin metáforas. 

El prometedor inicio del nuevo gobierno, comenzó a frenar su marcha junto con los miles de automóviles que se detuvieron en una avenida, dentro de los garajes o en medio de una carretera. Al parecer la gasolina que con tanto entusiasmo habían cargado los miles de conductores, tenía compuestos dañinos para los motores que dejaron echando humo a los dueños de los vehículos.

Los motores no se pusieron en marcha, pero sí lo hicieron los pueblos originarios de la Amazonía, exigiendo la abrogación de la Ley 1720 que según su interpretación: la normativa de “reclasificación de pequeñas propiedades a medianas para el acceso al crédito”, abría la posibilidad de que los empresarios agrícolas, tengan más tierras a costa de las deudas de los pequeños productores. 

Aunque el decreto fue abrogado, la marcha siguió su curso y no serían los únicos.

La Central Obrera Boliviana, COB para los amigos, se sacudió el polvo que habían acumulado tranquilos y en silencio, durante la Presidencia de Luis Arce y decidió levantarse, nunca mejor dicho, para pedir lo imposible, hasta conseguir lo más posible, haciendo la vida imposible al nuevo Gobierno. Una vieja práctica que siempre les había funcionado.  

Comenzaron con marchas por la ciudad, petardos, explosiones de cachorros de dinamita y viejos himnos de los años ´70 como música de fondo, para que todos los paceños bailemos a su ritmo. 

El nuevo Gobierno que ya conocía la música y la letra de esta vieja cantaleta, los convocó a dialogar sin sospechar que sería un diálogo de sordos.     

Aprovechando el momento, no tardaron en levantar su voces y sus banderas, otros sectores que vieron, en ésta, su gran oportunidad para sumarse a este baile al que no estaban siendo invitados. La CSUTCB, Maestros rurales y urbanos, FEJUVE de El Alto, Chóferes y un senador suplente llamado Nilton Condori, que luego de convocar a un Cabildo en El Alto, en medio de 10 demandas, introdujo una consigna que luego sería repetida por todos los movilizados: “Queremos la renuncia del Presidente Rodrigo Paz”. 

Este pedido cambiaría la música y la letra que hasta ese momento habían estado coreando casi todos los movilizados, para convertirla en un himno de guerra. 

Desde un principio, el nuevo gobierno, no dejó de apelar al diálogo. Diferentes comisiones integradas por ministros, dieron encuentro a los marchistas para dialogar, con acercamientos prometedores, que terminaron siendo rechazados.  

A la marcha se fueron sumando otras organizaciones sociales: Indígenas del TIPNIS, Mineros, Ponchos Rojos, autopercibidos desde siempre, como el único pueblo.

El 26 de abril, cuando la marcha se encontraba en Caranavi, Marchistas y gobierno, logran un acuerdo parcial para suspender la movilización, previo compromiso del gobierno para reglamentar la norma en cuestión. 

Fue un breve paréntesis al que le seguirían los puntos suspensivos, las interrogantes y las exclamaciones.         

La marcha que había comenzado el 8 de abril, en mayo dejaría de ser ese animal pequeño y tímido, para crecer hasta convertirse en un monstruo incontrolable con un rugido feroz y salvaje.

En Yolosita, cerca de La Paz, los campesinos de los Yungas se suman a la marcha de los pueblos indígenas de la Amazonía.

Es el 30 de abril, vísperas de una fecha emblemática para el mundo trabajador y una fecha simbólica para que una figura política agazapada en el Chapare, lance el zarpazo que estaba esperando. 

Él no se deja ver, no está en los bloqueos, no necesita hacerlo; pero en Bolivia todos reconocen el sello de sus acciones. Aunque ya no puede ser candidato, no puede salir del Chapare, no puede inaugurar más canchas, puede paralizar el país cuando se le antoje. Así lo hizo desde el 2021 y cada año hasta el 2024, con un saldo de millonarias pérdidas económicas en su afán de sacar del gobierno a Luis Arce. Siempre con la misma estrategia, bloquear, amenazar, vandalizar y si es posible provocar muertos.

Pero no está sólo, sus acciones son alentadas y  planificadas, por operadores dentro y fuera del país que están viendo cómo Latinoamérica cambia el eje político, dejándolos fuera del juego. Hay desesperación y miedo al interior de esos grupos y están dispuestos a pagar cualquier precio.   

Mario Argollo, principal figura de la COB, será quien eleve su voz, en medio de una concentración en El Alto, junto a maestros, campesinos y grupos radicales afines a Evo Morales.

Allí se declara la guerra, al grito de “huelga general indefinida y  bloqueo nacional de caminos, hasta lograr la renuncia del presidente Rodrigo Paz”. Es la misma consigna lanzada por Nilton Condori, hace unas semanas y que ahora, al unísono, inflama los corazones de Ponchos Rojos, Campesinos y maestros rurales y urbanos.  

Ya no se trata de dialogar, no se trata de negociar. El avance hacia la Casa Grande del Pueblo, tiene un solo objetivo, la salida del Presidente Paz. El rugido feroz y salvaje de la marcha, se escucha en 5 ciudades de todo el país, pero se concentra en La Paz y El Alto. Las demandas legítimas se han mezclado con los pedidos más caprichosos. En el centro de la ciudad, sólo se escucha el grito furioso y ciego que pide “la renuncia del pollo Paz”.  

A partir de entonces, La Paz queda sitiada, amenazada y desprotegida. El gobierno tímido y conciliador, mantiene una actitud abierta al diálogo, no parece entender que la COB, junto con las otras organizaciones sociales, no quiere dialogar, quieren imponer. Años de prebendas y espacios políticos en el gobierno del MAS, les han enseñado que ese es el camino, para  mantener sus privilegios.

Los bloqueos en las principales carreteras, impiden estratégicamente el paso de alimentos, gasolina, medicinas y el libre tránsito. Los medios nacionales reflejan a diario,  el intento de los marchistas por romper el cerco que circunda la Plaza Murillo, esforzadamente resguardado por la Policía. 

Durante semanas el asedio es implacable. Los mineros por un lado y ponchos rojos por el otro, poseídos por una irrefrenable fiebre vandálica, pierden el control de sus actos.

Negocios pequeños, tiendas, restaurantes y pequeños puestos callejeros en el centro paceño; son apedreados, incendiados y destruidos. La gente que transita es amenazada y obligada a escabullirse por calles aledañas, fuera del paso de la maquinaria destructiva en la que se han convertido los bloqueadores.  

La Policía no deja de enfrentar los furiosos intentos por romper el cerco de la Plaza Murillo. De ellos depende la frágil línea que separa el orden del caos. Muchos de los policías son jóvenes que deben armarse de valor, en medio del estallido de cachorros de dinamita y amenazas.

La Paz junto con otras 5 ciudades sitiadas, habían mantenido la esperanza de que el gobierno solucione esta crisis, en un plazo políticamente razonable. 

Pero la protesta se convirtió en un asedio violento que se extendió por más de 50 días. Sin carne, sin huevos, sin medicamentos, sin transporte, sin gasolina; todo el país comenzó a quedarse también, sin paciencia. 

A los bloqueadores, en cambio, no parecía faltarles nada. 

En muchos puntos de bloqueo, además de ser descubiertos con cachorros de dinamita en sus mochilas, varios bloqueadores fueron filmados repartiendo dinero, otros fueron atrapados con millones de bolivianos y cientos de miles de dólares dentro de desvencijadas mochilas, sin poder explicar qué hacían con esa cantidad de dinero en sus manos.

Tampoco nadie se podía explicar, los actos de crueldad gratuita que infligieron los bloqueadores a los transeúntes paceños, policías y personal de salud.   

Cámaras de celulares anónimas, revelaron imágenes que muestran a los ojos del mundo, este abusivo ensañamiento. Ponchos rojos, quitando la comida a una joven, para arrojarla al piso. Encapuchados  sorprendidos pinchando llantas de minibuses, algunos incendiando movilidades policiales en El Alto. Muchos de ellos impresentablemente ebrios.

El acto más cruel, fue registrado por la ignorada cámara de un celular, en la estación del teleférico Celeste, a metros del Prado paceño. Un joven oficial de policía, en su intento por cerrar la reja de la estación, es vencido por la fuerza de los bloqueadores. Huye al interior, pero es perseguido y alcanzado,  su búsqueda de refugio en el interior de la Estación, se convertirá para él en un callejón sin salida. En su fría mirada, la cámara del celular muestra cómo el joven policía es arrastrado desde el interior y salvajemente golpeado por un grupo de bloqueadores que descargan su furia repetidas veces. Aunque el joven policía ya está vencido sobre el piso, dos de ellos vuelven para saciar su furia con golpes de garrote y patadas. Sabremos más tarde que a causa de aquellos golpes, el joven policía de 28 años, perderá la visión de un ojo.     

En las carreteras la crueldad de los bloqueadores llega a niveles alarmantes, impiden el paso de gasolina, oxígeno, medicinas y ambulancias con enfermos. En el puente Méndez en la carretera entre Potosí y Sucre, una anónima voz implora por el paso a un enfermo dentro de una ambulancia, mientras se escucha a uno de los bloqueadores decir: “que se muera el enfermo” con helada indiferencia. 

Cientos de transportistas, en medio de la carretera, son abrasados por el sol diurno y castigados por el afilado viento de la noche. Sus llamados de ayuda se hacen parte del polvo del camino, entre la intransigencia de los bloqueadores y la tibieza de un gobierno que insiste en apelar al diálogo.

En medio de una de esas noches, en la carretera entre Oruro y El Alto, un transportista que se negó a abandonar su camión con mercancía, fue encontrado muerto al día siguiente, dentro de la cabina.

Es uno de los más de 10 transportistas que serán encontrados sin vida, en el interior de sus camiones, son aquellos que no pudieron soportar casi dos meses de bloqueo, presas de la sed, el hambre y el frío de la noche.

Mientras la fila de camiones varados era devorada por el silencio, la vida de más de una decena de transportistas se apagaba.                                                                    

Imágenes como ésta circulan por las redes sociales y muestran la impotencia del ciudadano común, arrastrado al borde de la locura y el caos.

Los vecinos de La Paz, El Alto y del resto de las ciudades sitiadas, resisten el asedio. Evo Morales ya está francamente identificado como el único culpable del bloqueo. Él no lo niega, ni lo esconde. Desde su refugio en el Chapare, instruye acciones, coordina los movimientos, amplía los puntos de bloqueo y amenaza.

Es entonces cuando la fuerza de un pueblo herido, se manifiesta, porque los bloqueadores no entendieron que hay marchas que no llevan a ninguna parte.

Este será el principio de la derrota de los bloqueadores.     

Los ciudadanos hartos de los bloqueos salen a enfrentarlos.                   No entendieron que es imposible bloquear la esperanza, es inútil amenazar a la conciencia cuando el pueblo trabajador se pone de pie.  

En los barrios de Senkata y Río Seco en El Alto, los vecinos organizados, comienzan a expulsar a los bloqueadores. No los reconocen como vecinos, saben que vienen del Chapare, comprueban que les pagaron por venir. Siempre que los vecinos preguntan razones del bloqueo, los bloqueadores responden consignas.

En diferentes puntos de bloqueo de La Paz, El Alto, Santa Cruz, Cochabamba y Sucre, vecinos policías y voluntarios, comienzan a limpiar las piedras del camino. 

Hay un cansancio extremo de ambos lados, mientras son desalojados, los bloqueadores balbucean excusas, muchos de ellos son también víctimas. Reconocen que son amenazados por sus dirigentes y que estuvieron obligados a bloquear, para evitar castigos, sanciones y represalias. 

El 20 de junio a las 2 de la madrugada, el Gobierno de Rodrigo Paz reacciona y por fin anuncia lo que todos estaban esperando desde hace semanas. El Decreto Supremo 5636, declara estado de excepción en todo el territorio nacional y autoriza a las fuerzas armadas, despejar rutas bloqueadas y frenar los bloqueos.

Desde entonces, han pasado más de 50 días, las pérdidas son millonarias, con irremediables daños. Desempleo, cierre de comercios y fábricas, caminos destruidos, además de un país dividido con profundo rencores internos.

Al saberse perdidos y muchos de ellos abandonados a su suerte, los bloqueadores se adormecen y finalmente lo abandonan todo. Muchos de ellos se quitan gorras y barbijos y se confunden entre la multitud.

De a poco La Paz, El Alto y el resto de las ciudades sitiadas, retoman su ritmo. Quedan las cicatrices en las calles, en las vidrieras rotas y en el alma de la gente.   

Es el amanecer de un día sin bloqueos. Barrer, limpiar y levantar las piedras del camino, es una resignada tarea que emprenden comerciantes, policía, transportistas y vendedores. 

La primera mañana sin bloqueos, salí a caminar por las calles libres de la furia vandálica. Un cartel en la acera, me sale al paso para anunciar con infantil ortografía “Hoy se sirve Bisté, con arroz” más allá otro cartel entre súplica y exclamación anuncia: “Ay sopa de pollo”.

Veo a personas agrupadas frente a puestos de venta improvisados que ofrecen verduras y huevos.                                                                                       

Veo gente que carga bolsas de mercado con una mueca de satisfacción y veo a la ciudad reflejada en el cristal roto de una ventana.

Pero lo que vemos todos, no es nada bueno: 3.000 millones de dólares en pérdidas por los bloqueos, daños millonarios  a la red de infraestructura de la Red Vial Fundamental, millones de pérdidas para los exportadores, parálisis en el ingreso de divisas, quiebras en varios sectores dedicados a la agricultura y la ganadería, desempleo inflación y vemos que hará falta mucho tiempo y esfuerzo por delante, para reconstruir el país.  

En el horizonte paceño el conflicto siempre está al acecho. A nosotros nos queda esperar que esta tregua, decretada por el Gobierno, sea defendida con firmeza y que castigue con determinación a quienes tuvieron a La Paz como rehén. 

 

RUBÉN CHACÓN ORTIZ

Comunicador social, guionista y escritor

 

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