
La primera vez que sentí el país fue cuando estaba fuera de él. Cuando el país era yo y todo lo que los otros, veían en mí. Cuando mi piel, mi voz y mi forma de hablar fueron mi país.
Llevar el país en tu piel, es un arriesgado juego de equilibrio en el que la mirada de los otros, te descifra y te coloca en lugares que muchas veces, no quieres estar. Que te juzguen mal en ciertos países, no resulta extraño, por la enorme carga de prejuicios, como tampoco lo es el hecho de que nadie sepa ubicar bien dónde está tu país.
- Bolivia ¡Ah! ¿Donde murió el Ché? - Me diría un cubano que me preguntó de donde venía en la fila del cine.
A principios de diciembre de 1996 salí de La Paz rumbo a La Habana, llevando algo más que ropa. Al fondo entre los pliegues de la maleta estaba Ajayu (Alma), el enorme cortometraje de Francisco Ormachea que me comprometí a llevar al 18° Festival de Cine de La Habana. Era la primera vez que dejaba el país, para visitar la mítica Cuba y fue también la primera vez que sentí que mi viaje estaba protegido por el ajayu boliviano.
La frase “hacer patria” cobraría un significado concreto para mí en la butaca de un cine extranjero. Exhibir, mostrar imágenes de un país, es también un juego arriesgado, donde lo formal, simbólico y estético se ponen frente al juicio del espectador, cuyo escrutinio y veredicto pueden ser lapidarios y sentenciar a todo un país por una película. Eso lo entendería ni bien se apagaron las luces de la sala y comenzó la proyección.
Muchos años antes, en medio de la oscuridad y el silencio de una sala, asistí a un parto simbólico donde mi país nacía con musica, dialogos e historia propia. Era la primera película boliviana que ví y donde sentí el país, esta vez dentro de una sala de cine. No vi una pelicula, vi el país hablando de sí mismo. Ver los rostros y voces familiares, dentro de una pantalla, deslumbran, acongojan y te involucran de manera íntima.
Las imágenes cinematográficas, cuando se hacen en tu país, tienen algo de obsceno en su cruda dimensión, pueden avergonzarte, emocionarte y sorprenderte o hacer ambas cosas dentro de ti. Cuando te ves reflejado en tus propios ojos. Es mirar hacia adentro y ver lo que muchas veces no quieres ver.
Ese día entendí más de nosotros como país. Cuando se apagó la luz y se encendió algo dentro de mí y creo que no se apagó hasta ahora.
En el 18° Festival de Cine de La Habana, Ajayu un cortometraje de enorme sensibilidad y narrado de manera tan íntima, mostraría a los ojos de un público heterogéneo nuestra fomar de contar una historia. Se apagó la luz, comenzó la proyección y la película abrió sus alas, salió de la pantalla y voló sobre las cabezas del público hasta posarse en su corazón.
Muy pocas artes como el cine, tienen la virtud de conmover a un grupo de personas de una sola vez.
Aquella noche en la sala de cine 23 y 12 (yo también me extrañé con el nombre de la Sala cacofónicamente ubicada entre esas calles) en el barrio de El Vedado, sentí el aplauso al final de la proyección, como una ola cálida que devuelve la emoción experimentada con la gratitud que desde su invención sigue sonando a triunfo.
El rumor que sigue a los aplausos fue también una caricia al oído, murmullos de aprobación y discretas expresiones de júbilo.
Salí de la sala en medio del público y aunque ya no pude encontrar a mi inquieto interlocutor, aquella noche podía haberle respondido:
- Sí de Bolivia, donde murió el Che, pero también donde hacemos películas como esta -.
De camino al encuentro con otros amigos de Bolivia, pude recibir palabras más efusivas y jubilosas, menos discretas que en la sala en penumbras que abandoné con una sonrisa. Esta vez el amigo cubano de un amigo boliviano, se me acercó sonriente para decirme.
- ¡Muchacho el Ayaju!, el Ayaju me encantó -.
Le agradecí sin corregirle, porque las emociones envueltas en afecto tienen su propia forma de expresarse.
Semanas después, terminado el Taller de Cine al que asistí en San Antonio de los Baños y finalizado el Festival de Cine, volví al país, esta vez las eternas montañas que rodean La Paz salieron al encuentro de mi mirada, mientras el ajayu se acomodaba dentro de mí y dentro de la maleta.
Creo necesario recordar, en estos 201 años de independencia, que también nuestro cine, tiene libertadores que forman parte de la lucha por nuestra independencia iconográfica, narrativa y emotiva. Son luchas libradas con fotografía, guión y banda sonora propia. Con actores que protagonizan historias dramáticas o cómicas; documentales o de ficción.
Ésta es la historia del país que están escribiendo, guionistas, productores, directores y fotógrafos que tienen mucho por contar, antes de ver en nuestra pantalla la palabra FIN.

RUBÉN CHACÓN ORTIZ
Comunicador social, guionista y escritor
